Eran las cinco y cuarto, faltaban quince minutos para que llegaran todos (los que hubiesen de venir, a saber…), y yo seguía buscando una convincente explicación a mi conducta.
En primer lugar, necesitaba convencerme a mí, cosa que se me antojaba en aquel momento imposible, por llevar más de diez días así; sin que, aparentemente, me importara otra cosa que comer bien (para lo cual no siempre había salido en busca de algún restaurante nuevo: a veces se había impuesto el placer de hacer un potingue en la cocina al engorro de vestirse y salir), y beber y fumar y, claro, ir de putas y ver películas bajadas de Internet.
El sentimiento de deber para esa explicación me parecía contingente, podía sentirlo atrás, impulsándome, en idas y venidas en torno a la barra con las bebidas por servir. Imaginaba la partida, las preguntas, la suerte excesiva …
Y aun así, sin sentirme seguro, no tenía duda aparente de que pudiera, debiera o quisiera hacer otra cosa: difícilmente podía convencerme de nada, pues el mentado impulso del sentimiento de deber me resultaba algo así como el componente folclórico de mi conducta, la necesidad de ser torero sin saberlo (sin saber ni que quiera serlo ni si lo soy).
Pudiendo creer, creyendo, tanto que iba a dejar al personal con la boca abierta tras la faena como que me iba a ganar una inolvidable tanda de hostias.
Dejé por un momento de caminar, apoyando los codos en la barra, la barbilla en las manos, los ojos mirando la copa, casi vacía; lentamente, mis ojos enfocan el fondo, la lisa blanca pared, presta a la proyección, recordando el sueño que quería haber tenido la última noche.
Retruenan los tambores al llegar Gilgamesh a Uruk; los guerreros se arrodillan, las armas clavadas en la arena, deslumbrados al fulgor de las murallas de oro. El jefe de la tribu de cazadores se levanta y me ofrece la cabeza de Darwin, que tomo orgulloso en mi regazo, mirando complacido a la mujer de Enkidu; la nombro Diana; me ofrece sus pechos, de que mamo con placer hasta eyacular.
Me siento de súbito más sabio y más débil, con ganas de cantar las cuarenta, como sabiendo que me vienen dadas, pero no vienen a jugar…; y me asalta la duda de si existen los bárbaros…
Eran las cinco y media, miré hacia la puerta, preguntándome si estaría abierta porque había olvidado cerrarla… y, bueno, total, para qué cerrarla ahora, me dije.
Me coloqué el casco, lo conecté al puerto usb e hice clic en download estado mental. Me tendí en el sofá, desapareciendo entre cojines ensueños.